EL ACERTIJO QUE NO ES ACERTIJO:LA NARRATIVA COMO ARMA CONTRA LA TRANSFORMACIÓN
Por Mariana Zapata
Está pasando algo muy extraño en México. Los homicidios bajan, los robos bajan, los delitos de alto impacto bajan. Pero la gente se siente más insegura que nunca. La destacada analista Viri Ríos lo planteó esta semana como un acertijo sin respuesta fácil en su columna en Milenio, con datos contundentes que confirman el desacoplamiento entre la realidad delictiva y la percepción ciudadana.
Coincido con su diagnóstico. Los datos son irrefutables. Pero disiento en que no haya respuesta.
La respuesta está a la vista: no estamos frente a un fenómeno espontáneo de percepción social. Estamos frente a una operación narrativa deliberada, sistemática y coordinada que busca instalar en la mente de millones de mexicanas y mexicanos la idea de que vivimos en un país más peligroso que nunca, precisamente cuando los números demuestran lo contrario.
Los datos que la derecha no quiere que veamos
Revisemos los hechos con frialdad. La presidenta Claudia Sheinbaum informó el pasado 10 de febrero que los homicidios dolosos disminuyeron 42% a nivel nacional entre septiembre de 2024 y enero de 2026. El promedio diario pasó de 86.9 a 50.9 víctimas. Son 36 homicidios diarios menos. Enero de 2026 fue el enero con menor número de homicidios dolosos desde 2016.
Las cifras no son menores: 26 entidades federativas redujeron su promedio diario de homicidios. Zacatecas registró una caída del 88%, San Luis Potosí del 83.9%, Quintana Roo del 73.2%. Guanajuato —históricamente uno de los estados más golpeados— redujo sus homicidios en 65%. Nuevo León en 76%. Se han decomisado más de 22 mil armas de fuego y 327.8 toneladas de droga en 16 meses. Se desmantelaron más de 2 mil laboratorios clandestinos.
Y como documenta Viri Ríos con rigor, no se trata solo de homicidios: la tasa de robo de vehículo —considerada una de las mejores métricas de análisis delictivo por sus altas tasas de denuncia— disminuyó en el 98% de las áreas urbanas medidas. Salvo narcomenudeo, prácticamente todos los delitos han bajado durante la administración de Sheinbaum.
Sin embargo, la percepción de inseguridad escaló del 58.6% en septiembre de 2024 al 63% para el tercer trimestre de 2025, según la Encuesta Nacional de Seguridad Pública Urbana del INEGI. En 31 de 40 áreas urbanas, la percepción empeoró incluso donde los delitos cayeron.
¿Cómo se explica esta contradicción? Viri Ríos descarta la hipótesis de Jorge Zepeda Patterson sobre el papel de la cobertura mediática y las redes sociales, argumentando que si fuera eso, el desacoplamiento se habría dado de manera gradual y no de golpe.
Sin embargo, Zepeda Patterson en su análisis ofrece elementos que no pueden ignorarse. Describe con lucidez cómo la oposición y la prensa crítica han asumido que la inseguridad es el talón de Aquiles de Morena, y cómo esa conclusión ha transformado la cobertura periodística: la nota roja, que durante décadas fue relegada a las últimas páginas de los diarios o a la llamada prensa amarillista, hoy es protagonista de portadas y apertura de noticieros. Basta comparar las portadas de cualquier mes del gobierno de Peña Nieto, cuando morían 100 personas al día sin que ningún caso fuera mencionado en primera plana, con las de hoy, cuando la cifra es casi la mitad pero la cobertura es estridente.
Zepeda Patterson también señala un fenómeno clave de nuestro tiempo: cada celular es hoy un medio de comunicación. Las cámaras callejeras, los videos captados por ciudadanos, las imágenes de violencia que circulan y se viralizan durante meses —todo eso multiplica exponencialmente el impacto de cada hecho violento. Las plataformas digitales, por su propia lógica algorítmica, priorizan el contenido más agresivo y morboso.
Coincido con Zepeda Patterson en el diagnóstico. Pero creo que su análisis, como el de Viri Ríos, se queda a medio camino. Porque lo que estamos presenciando no es solo un cambio editorial espontáneo ni una consecuencia natural de la era digital. Hay algo más.
No fue gradual porque no fue espontáneo
Viri Ríos tiene razón en un punto crucial: el cambio en la percepción fue abrupto, no gradual. Y justamente por eso la explicación no puede ser solo la acumulación de hartazgo ni la evolución natural de las redes sociales. Esos factores, como bien señala Zepeda Patterson, son reales, pero existían desde antes. Lo que cambió de golpe fue otra cosa: el inicio del sexenio de Sheinbaum como oportunidad política para activar una ofensiva comunicacional.
El lingüista George Lakoff, en su obra fundamental No pienses en un elefante, estableció un principio que explica con claridad lo que vivimos: quien define el marco de la conversación, gana el debate. No importa si los datos te dan la razón. Si tu adversario logra que la gente piense todos los días en inseguridad, la inseguridad es lo que existe en la mente colectiva, independientemente de lo que digan las estadísticas.
Y eso es exactamente lo que está ocurriendo en México.
Desde octubre de 2024, se activó una maquinaria de bombardeo informativo sin precedentes en redes sociales y medios de comunicación. Cientos de páginas de internet, cuentas en redes sociales, medios digitales de dudosa procedencia y portales disfrazados de periodismo independiente comenzaron a replicar, amplificar y viralizar, todo el día y todos los días, cada caso de violencia e inseguridad en el país. No se trata de informar: se trata de saturar. De crear un ambiente de miedo permanente que no corresponde con la realidad que arrojan los datos.
Esto no es una teoría conspirativa. El propio gobierno documentó, a través del coordinador de Infodemia Miguel Ángel Elorza, una red de desinformación que operó durante la marcha de la llamada “generación Z”. Se rastrearon seis semanas de actividad digital y se encontraron componentes artificiales: bots, cuentas recién creadas, influencers ajenos a la política que súbitamente compartían mensajes sobre inseguridad, y actores internacionales vinculados a la derecha global, incluyendo estrategas cercanos a Milei y estructuras como la Atlas Network, una red de más de 500 think tanks conservadores con presencia en América Latina.
Una ofensiva global contra los gobiernos progresistas
Lo que enfrentamos no es un fenómeno local. Es una estrategia transnacional de la derecha para deslegitimar a todo gobierno progresista en América Latina. El guion es el mismo: Isabel Díaz Ayuso, desde Mar-a-Lago, acusa a México de ser un “narcogobierno”. Es la misma etiqueta que usaron contra Petro en Colombia, contra Evo en Bolivia, contra cualquier gobierno que se atreva a redistribuir, a priorizar al pueblo sobre el capital.
La inseguridad es el flanco que eligen porque es el más sensible emocionalmente. No necesitan que los datos los respalden. Necesitan que la gente sienta miedo. Y para eso, el bombardeo constante de noticias de violencia —reales o magnificadas— funciona como una máquina de guerra psicológica que opera las 24 horas.
La International Crisis Group ha documentado cómo las redes sociales en México se han convertido en un ecosistema donde prolifera información no verificada sobre violencia, generando un flujo constante de miedo que es difícil de contener. Investigaciones académicas sobre desinformación en América Latina confirman que las campañas de propaganda digital forman parte de una estrategia más amplia de “golpes mediáticos” diseñados para debilitar gobiernos y recolonizar el discurso público.
La reflexión que nos debemos: comunicar también es gobernar
Digo esto con profundo respeto y con la legitimidad de quien ha dado más de 13 años de su vida a este movimiento: debemos ser autocríticos. Gobernar bien no alcanza si no lo comunicamos bien. La derecha ha encontrado un flanco eficaz en la inseguridad porque la falta de una respuesta oportuna y contundente en el espacio público digital ha dejado un vacío que ellos han llenado con desinformación, páginas de todo tipo, todo el día y a todas horas, replicando noticias de violencia.
Por eso, insisto: tenemos una batalla fundamental, la narrativa.
No se trata de crear propaganda ni de maquillar la realidad. Se trata de que los datos lleguen a la ciudadanía con la misma fuerza con que llegan las mentiras. Se trata del derecho de los mexicanos a estar informados con verdad.
Hay cosas que, desde mi perspectiva, son urgentes:
La comunicación institucional de los tres órdenes de gobierno necesita mayor coordinación y contundencia. Cuando un dato como la reducción del 42% en homicidios dolosos no es conocido por la mayoría de la población, algo está fallando en cómo estamos comunicando. Los gobiernos federal, estatales y municipales deberían hablar con una voz clara y alineada cuando se trata de difundir resultados verificables. No para hacer campaña, sino para cumplir con la obligación de informar.
La respuesta institucional ante la desinformación debe ser inmediata y basada en evidencia. La mañanera es un espacio invaluable, pero no es suficiente para contrarrestar un bombardeo que opera las 24 horas. Cada dato falso o sacado de contexto debería encontrar, en cuestión de horas, una respuesta oficial clara con datos y fuentes. El trabajo que ya realiza la Coordinación de Infodemia es un buen inicio; necesitamos que esa capacidad de contestación se fortalezca y se haga visible para la ciudadanía.
Necesitamos más espacios de análisis serios y honestos, no propaganda. La credibilidad se construye con información verificable y también con la honestidad de reconocer lo que falta. Hablar del 42% de reducción en homicidios sin ocultar que la extorsión sigue siendo un reto, o que hay entidades que aún concentran violencia, fortalece el mensaje. Lo que la ciudadanía necesita no son voceros incondicionales, sino información confiable que le permita formarse un criterio propio frente a la avalancha de desinformación.
Y quienes formamos parte de este movimiento tenemos también una responsabilidad ciudadana: informarnos, verificar antes de compartir, disputar el espacio público con datos y argumentos, no con consignas. La revolución de las conciencias que inició el presidente López Obrador y que profundiza la presidenta Sheinbaum necesita, hoy más que nunca, una revolución de la comunicación. Una que sea tan rigurosa como los resultados que está dando este gobierno.
Lo que está en juego
El análisis de Viri Ríos lo confirma con datos duros: lo que la gente siente no corresponde con lo que está pasando. Ese desacoplamiento no es un misterio. Es el resultado de una guerra narrativa que estamos perdiendo por falta de organización y estrategia comunicacional.
La Cuarta Transformación ha dado resultados que ningún otro gobierno progresista en América Latina ha logrado con esta magnitud: reducción histórica de homicidios, duplicación del salario mínimo, programas sociales que llegan y funcionan, estabilidad macroeconómica, y una presidenta que es referente mundial de soberanía y dignidad frente a las amenazas del imperialismo. Pero nada de eso importa si dejamos que la narrativa la definan quienes quieren destruir este proyecto.
La revolución de las conciencias ha avanzado como nunca antes, pero mantenerla viva y ampliarla hacia las redes sociales y los medios de comunicación requiere organización, estrategia y compromiso de todos y cada uno de los actores de este movimiento.
El acertijo de la percepción no es acertijo. Es una batalla. Y es la batalla que tenemos que ganar.

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