Donald Trump busca el voto italiano levantando una estatua de Colón en la Casa Blanca

Estados Unidos. En un nuevo episodio de revisionismo histórico al servicio del cálculo electoral, Donald Trump impulsa la instalación de una estatua de Cristóbal Colón en los jardines de la Casa Blanca, una propuesta que no sólo busca seducir al electorado ítalo-estadounidense, sino blanquear la colonización y el genocidio de los pueblos originarios del continente americano.

De acuerdo con The Washington Post, la estatua se colocaría en la zona sur del complejo presidencial y estaría inspirada en una efigie destruida en 2020 durante las protestas del movimiento Black Lives Matter, cuando miles de personas exigieron el retiro de símbolos ligados a la esclavitud, el racismo y la violencia colonial.

Trump ha insistido en presentar a Colón como el “héroe americano original”, ignorando deliberadamente que su llegada a América inauguró siglos de exterminio, despojo territorial, esclavitud y destrucción cultural de pueblos indígenas. La iniciativa forma parte de una ofensiva ideológica contra el reconocimiento histórico de estos crímenes, a los que el expresidente descalifica como “ideología corrosiva”.

El contraste con la postura de México es evidente. Mientras Trump reivindica a Colón y pretende reinstalarlo como símbolo nacional, el Estado mexicano ha avanzado —no sin tensiones— hacia el reconocimiento de los pueblos indígenas como sujetos de derecho, la revisión crítica del pasado colonial y la reivindicación de la soberanía cultural. Desde el gobierno federal se ha sostenido que no puede haber justicia social sin memoria histórica.

La narrativa de Trump se inscribe en una lógica de negación: borrar el sufrimiento indígena para exaltar una épica colonial conveniente a sus intereses políticos. No es casual que haya prometido recuperar el Día de Colón en oposición al Día de los Pueblos Indígenas, ni que utilice esta figura para confrontar agendas de derechos y diversidad.

Más allá de la estatua, el mensaje es claro: para Trump, la historia no se repara, se instrumentaliza. La colonización no se cuestiona, se glorifica; el genocidio no se reconoce, se oculta bajo el bronce. Frente a ello, crece la indignación de comunidades indígenas y movimientos sociales que recuerdan que Colón no simboliza “descubrimiento”, sino el inicio de una violencia estructural cuyas consecuencias persisten hasta hoy.

Reinstalar a Colón en la Casa Blanca no es un gesto cultural inocente: es una declaración política que reivindica el pasado colonial y desprecia las luchas contemporáneas por verdad, justicia y dignidad. Una vez más, la memoria de los pueblos queda subordinada al oportunismo electoral.

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