Leyes con nombres de mujeres.
Por Marisa Mesina
¿A mí qué me ha dado la transformación?
Muchas veces me he cuestionado si ha servido de algo la Cuarta Transformación. A veces, hay cosas que suceden y que me parecen inviables, como la inclusión dentro de los procesos de toma de decisiones de actores políticos reciclados, o las dudas que me asaltan cuando hablamos del nuevo puerto en la laguna de Cuyutlán y las opciones para la biodiversidad reducida a patios de contenedores.
Pero hay algo que no puedo ignorar: en medio de la violencia, la impunidad y el dolor, han surgido leyes con nombres de mujeres. No son solo reformas jurídicas; son gritos que se transforman en tinta legal. Son cuerpos que se negaron a desaparecer. Son madres, hermanas, amigas que convirtieron el duelo en lucha.
La Ley Ingrid, aprobada en marzo de 2022, castiga con hasta 10 años de cárcel a funcionarios que filtren imágenes que revictimicen a mujeres, niñas, niños o personas con discapacidad. Nació tras el feminicidio de Ingrid Escamilla, cuyo cuerpo fue exhibido en portadas amarillistas. Aunque la Suprema Corte ha cuestionado su precisión, para muchas es un límite ético: no todo puede ser noticia si vulnera la dignidad.
La Ley Olimpia, vigente desde abril de 2021, reconoce la violencia digital y sanciona la difusión de contenido íntimo sin consentimiento. Olimpia Coral Melo convirtió su experiencia de violencia en una cruzada nacional. Sin embargo, la lentitud de las autoridades ante las denuncias sigue siendo una herida abierta.
La Ley Sabina busca crear un Registro Nacional de Deudores Alimentarios. Inspirada por una niña víctima de violencia patrimonial, esta ley exige que los padres que abandonan a sus hijas e hijos no puedan seguir invisibles. Diana Luz Vásquez, madre de Sabina, y las colectivas feministas que la acompañan, nos recuerdan que la justicia también se mide en alimentos, cuidados y presencia.
La Ley Malena, también conocida como Ley Ácida, tipifica como tentativa de feminicidio los ataques con sustancias corrosivas. María Elena Ríos, saxofonista oaxaqueña, sobrevivió a uno de estos ataques. Su voz, su música y su lucha han visibilizado una forma de violencia que antes no tenía nombre.
La Ley Camila protege el vínculo materno y la lactancia, y busca frenar la sustracción ilegal de menores por parte de padres. Camila fue arrebatada a los 4 meses por su padre. Esta ley pone sobre la mesa el derecho de la infancia al amor filial y a la continuidad afectiva.
La Ley Monzón, inspirada en Cecilia Monzón, activista asesinada por su ex pareja, plantea quitar la patria potestad a padres feminicidas y sancionar a funcionarios omisos. Porque no basta con castigar el crimen: hay que impedir que el agresor siga ejerciendo poder sobre la vida de sus hijos.
La Ley Monse, rechazada en Veracruz pero impulsada por colectivas, busca castigar a quienes encubren a feminicidas. Montserrat Bendimes fue asesinada por su novio, y sus padres lo ayudaron a huir. Esta ley exige que la justicia alcance también a quienes facilitan la impunidad.
Estas leyes son conquistas. Son huellas de mujeres que no se dejaron borrar. Pero también son recordatorios de que el Estado llega tarde, que la justicia es selectiva, que la transformación no puede ser solo discurso.
¿A mí qué me ha dado la transformación? Me ha dado nombres. Me ha dado historias que se convierten en ley. Pero también me ha dado dudas y me ha dado la certeza de que sin presión social, sin colectivas, sin madres que gritan, nada se mueve.
La transformación será completa cuando no tengamos que nombrar leyes con nombres de mujeres asesinadas. Cuando legislar no sea una forma de honrar el dolor, sino de prevenirlo.

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