México lidera reducción histórica de la pobreza en América Latina: el salario mínimo como eje transformador
Por primera vez en muchos años, un organismo internacional como la CEPAL reconoce sin ambages lo que millones de trabajadores mexicanos ya viven en sus bolsillos: México es el país de América Latina y el Caribe que más redujo la pobreza y la pobreza extrema en la última década (2014-2024).
El dato no es menor: mientras la región apenas logró bajar 2.2 puntos la pobreza general en 2024, México aportó el 60% de esa reducción total. En pobreza extrema, casi la mitad (49%) lleva sello mexicano.
¿La clave? El aumento real del salario mínimo en 135% entre 2018 y 2025. De los tres puntos porcentuales que cayó la pobreza en México el año pasado, dos se explican exclusivamente por mayores ingresos laborales. Las transferencias sociales (becas, pensiones, apoyos) ayudaron, pero no fueron el motor principal: lo fue el salario digno.
Es la demostración empírica de que cuando se rompe el dogma neoliberal de “no tocar el salario mínimo porque genera inflación o desempleo”, los resultados benefician precisamente a quienes más lo necesitan. La teoría ortodoxa quedó sepultada por la realidad.
Sin embargo, la CEPAL también pone el dedo en la llaga: la concentración del ingreso sigue siendo obscena. El 10% más rico de México acapara 33.5% del ingreso nacional (y probablemente más del 50% si se cruzan datos fiscales), mientras el 10% más pobre apenas alcanza el 2%. La desigualdad bajó 14% en la década, pero sigue siendo una de las más altas del planeta.
La tarea pendiente es clara: fortalecer la negociación colectiva, gravar progresivamente las grandes fortunas y rentas del capital, y blindar los incrementos salariales anuales por encima de la inflación. Porque reducir la pobreza no basta si no se ataca de raíz la desigualdad estructural.
Hoy, millones de familias mexicanas comen, estudian y viven mejor gracias a una política pública que la oposición y los organismos financieros internacionales combatieron con furia durante años. Los hechos hablan: cuando el Estado decide ponerse del lado de la clase trabajadora, la historia cambia de rumbo.
El salario mínimo no era “el enemigo”. Era la solución.

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