El imperio de Salinas Pliego: Deudas fiscales, nexos salinistas y un discurso tóxico en la sombra de la ultraderecha

En un México donde la desigualdad fiscal y el poder mediático se entrelazan como hilos de una telaraña, Ricardo Salinas Pliego emerge no solo como el 3er hombre más rico del país, con una fortuna estimada en 13.6 mil millones de dólares, sino como un símbolo de los excesos del neoliberalismo: evasión sistemática de impuestos, alianzas con el pasado priista más oscuro y un discurso público cargado de misoginia y clasismo. Mientras el Gobierno de Claudia Sheinbaum rechaza cualquier «negociación en lo oscurito» sobre sus adeudos millonarios al SAT, Salinas Pliego contraataca desde sus redes sociales y su televisora, TV Azteca, alimentando una oposición radical que flirtea con la ultraderecha global. ¿Es esto mera defensa empresarial o el nacimiento de un proyecto político que prioriza los intereses de las élites por encima de la equidad social?

La disputa fiscal con el fisco mexicano no es un capricho reciente, sino el legado de un patrón de evasión que se remonta a la era neoliberal. El Grupo Salinas, controlado por el magnate, arrastra una deuda de 48.382 millones de pesos con el SAT, acumulada en nueve ejercicios fiscales entre 2008 y 2013. La Procuradora Fiscal, Grisel Galeano, desglosó en la mañanera del viernes el mecanismo detrás: un abuso de la «consolidación fiscal», figura creada en 1982 para favorecer a los grandes conglomerados, pero eliminada en 2014 por generar desigualdades flagrantes entre gigantes empresariales y pymes. Empresas del grupo como Elektra manipulaban contabilidades para inflar pérdidas ficticias, compensando ganancias y reduciendo impuestos de manera indebida. La disputa más grande, por 24.968 millones de pesos del ejercicio 2013, ya fue avalada por tribunales inferiores y pende de un hilo en la Suprema Corte de Justicia de la Nación (SCJN).

¿Por qué la sociedad mexicana exige que Salinas Pliego pague hasta el último centavo? Porque, en un país donde el 99% de la población no accede a tales privilegios fiscales, esta evasión no es un tecnicismo contable, sino un robo al erario público que podría financiar salud, educación o infraestructura para millones. Sheinbaum lo dejó claro: «Esto no es un asunto de ley para unos y no para otros; es un asunto de equidad». La indignación crece ante un empresario que, mientras litiga para dilatar pagos, presume yates de lujo comprados con fondos opacos revelados en los Pandora y Panamá Papers. Su reciente pago de 25 millones de dólares en fianza a AT&T en EE.UU., por otra deuda fiscal heredada de la venta de Iusacell, solo aviva las sospechas de un patrón global de impunidad.

Pero el origen de su imperio mediático yace en los años 90, entrelazado con los Salinas de Gortari, esa dinastía priista símbolo de la corrupción privatizadora. En 1993, durante el sexenio de Carlos Salinas de Gortari, Ricardo Salinas Pliego adquirió el Instituto Mexicano de la Televisión (Imevisión) por 650 millones de dólares, transformándolo en TV Azteca y rompiendo el monopolio de Televisa. No fue un triunfo de libre mercado puro: Raúl Salinas de Gortari, hermano del expresidente y figura envuelta en escándalos de lavado de dinero y narcotráfico, le prestó 29.7 millones de dólares dos semanas antes de la subasta, transferidos a cuentas suizas del empresario. Salinas Pliego lo admitió años después en X: «Gracias a Raúl Salinas por los 29 millones que nos prestó… ya le pagué, pero la deuda judicial de 2003 y las evidencias de transacciones opacas sugieren un favor político disfrazado de préstamo. Este nexo no es casual: la privatización de medios bajo Carlos Salinas benefició a un círculo de élites, perpetuando un control informativo que hoy usa Salinas Pliego para atacar al Gobierno actual.

La opacidad se repite en la controvertida adquisición de Canal 40 (hoy ADN 40). En 2002, bajo el foxismo, un «comando armado» ligado a TV Azteca irrumpió en las instalaciones de Corporación de Noticias e Información (CNI), controladora del canal, en el Cerro del Chiquihuite, expulsando a su concesionario Javier Moreno Valle tras un incumplimiento contractual de 20 millones de pesos. Moreno Valle denunció un «asalto» orquestado por Salinas Pliego, quien se quedó con el canal sin licitación clara, en un episodio que Vicente Fox ignoró con «rotunda demencia». Hoy, Sheinbaum cuestiona públicamente: «¿Cómo tiene ADN 40?», recordando beneficios del Fobaproa y acciones en Mexicana de Aviación que el magnate acumuló en la era neoliberal. Esta maniobra no solo consolidó su monopolio mediático, sino que ilustra cómo el poder económico se impone por la fuerza, silenciando voces independientes.

Lejos de corregir rumbos, Salinas Pliego gasta su vasto imperio —TV Azteca, Elektra, Banco Azteca— para impulsar una agenda de ultraderecha que amenaza con radicalizar la oposición mexicana. Opositor acérrimo de la Cuarta Transformación, el empresario abanderó el Movimiento Anticrimen y Anticorrupción (MAAC), un eco del MAGA trumpista que busca unificar al 40% opositor para las elecciones de 2027 y una posible candidatura presidencial en 2030. Inspirado en Nayib Bukele, Javier Milei y Donald Trump —a quien apoya abiertamente en sus amenazas contra México—, Salinas Pliego financia medios como La Derecha Diario para atacar a la «izquierda marxista» y se alinea con la CPAC, conferencia ultraconservadora que congrega a figuras como Giorgia Meloni y Santiago Abascal. Su discurso clasista clama por «resistencia» contra una supuesta «dictadura de partido único», mientras evade impuestos que podrían combatir la corrupción que finge deplorar. Este flirteo con la extrema derecha no es inocuo: nutre prejuicios, alienta intervenciones extranjeras y debilita la democracia, todo al servicio de sus deudas impagas.

Pero el rostro más vil de Salinas Pliego se revela en sus redes, donde su «libertad de expresión» se traduce en violencia de género rampante. Recientemente, tildó de «textoservidoras», «brujas», «perras» y «marranas» a periodistas como Sabina Berman, Vanessa Romero y Denise Dresser, solo por criticar su evasión fiscal. No es nuevo: en 2023, recurrió al body shaming contra Citlalli Hernández, retándola a «bajar un gramo» y mandándola «tres tortas y 20 tacos de tripitas» para burlarse de su peso. Sheinbaum lo condenó como «misoginia y machismo terrible», pero el daño trasciende: normaliza el acoso digital contra mujeres en un país con altos índices de violencia de género.

Ricardo Salinas Pliego no es un villano de telenovela; es el producto de un sistema que premió la corrupción privatizadora y ahora lo ve acorralado por la justicia fiscal. Su imperio, construido sobre favores salinistas y fuerza bruta, hoy financia una ultraderecha que prioriza yates y evasiones sobre el bienestar colectivo. Mientras la SCJN delibera, la sociedad mexicana exige no solo pagos, sino un quiebre con estos oligarcas: porque la verdadera transformación comienza cuando los ricos pagan lo justo.

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