La paz que se nombra
¿Qué es la paz? Esa pregunta me acompaña desde hace tantos años que ya forma parte de mí. La hice por primera vez cuando estudiaba Trabajo Social, y desde entonces no he dejado de pensar en ella. Cada etapa de mi vida profesional me ha dado una respuesta distinta, y cada respuesta se ha convertido en acción, en estrategia, en intervención. Hoy sé que la paz no es lo mismo que pensaba hace cuarenta años. Tal vez ahora me conformo con salir a la calle y regresar con vida, aunque esa noción esté desdibujada.
Por azares de la vida, me encuentro trabajando en procesos de construcción de paz, desde donde he trabajado en diversos procesos, uno delos cuales quiero contarles, no como informe institucional, sino como testimonio. Porque la paz no siempre necesita definirse para vivirse. Se construye en los gestos, en las acciones que parecen pequeñas, pero que cambian la vida de quienes las protagonizan.
En Ixtlahuacán, trabajando por la paz, un grupo de mujeres decidió que su comunidad debía tener calles con nombre. Al escucharlas, confieso que me pregunté: ¿qué tiene que ver eso con la paz? Pero pronto entendí que se trataba de identidad, de reconocimiento, de pertenencia. Tener una dirección es decir “existimos”, es reclamar un lugar en el mapa y en la memoria.
El camino fue difícil. Estas mujeres habían sido educadas para callar frente al poder masculino de las autoridades ejidales y municipales. Cuando compartieron su idea, recibieron descalificaciones y advertencias. El miedo las paralizó durante meses. La intimidación y la prohibición son formas de violencia que pesan más de lo que imaginamos.
Pero poco a poco, con acompañamiento y con la fuerza de estar juntas, se animaron a presentar su proyecto. En la reunión con los ejidatarios, una de ellas tomó la palabra. Lo que parecía imposible se volvió realidad: en menos de media hora, todas estaban apoyando a su compañera, defendiendo su lista de propuestas. La primera opción fue rechazada, pero la segunda —nombres de árboles típicos de la región— abrió el diálogo y permitió acuerdos.
Ese momento fue revelador. Las mujeres dejaron de ser espectadoras y se convirtieron en interlocutoras frente al poder patriarcal. No han logrado aún que las calles tengan placas oficiales, pero ya conquistaron algo más profundo: la posibilidad de ser escuchadas, de proponer, de incidir en la vida de su comunidad.
Ahora entiendo lo que dicen, que la paz no es solo ausencia de violencia.
Es también la capacidad de hablar sin miedo, de que las ideas de las mujeres no sean descartadas sistemáticamente, de que puedan imaginar y construir un futuro distinto. La paz se manifiesta en la confianza recuperada, en la valentía de desafiar estructuras que las habían relegado.
Nombrar las calles de Ixtlahuacán es un gesto sencillo, pero cargado de significado. Es un acto de identidad, de pertenencia y de dignidad. Es la prueba de que la paz puede comenzar con algo tan cotidiano como recibir una carta en un domicilio propio. Y es también la evidencia de que, cuando las mujeres se reconocen como sujetas de derechos, la paz deja de ser una abstracción y se convierte en acción.
Hoy, al mirar hacia atrás, pienso que la paz no es un destino fijo ni una definición única. Es un proceso que se reinventa en cada comunidad, en cada grupo que decide transformar su realidad. En Ixtlahuacán, la paz tiene nombre propio: el de las mujeres que se atrevieron a hablar y el de los árboles que ahora esperan convertirse en calles.

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