Tratado de Aguas: Soberanía Mexicana vs. El Imperialismo de EU
Por: Vladimir Parra
Columna: Estación Esperanza
Este 2025, el Tratado de Aguas de 1944 entre México y Estados Unidos ha vuelto a encender tensiones binacionales, recordándonos cómo un acuerdo octogenario, diseñado en un mundo sin crisis climática global, se ha convertido en un instrumento de desigualdad. Este pacto no es solo un relicto obsoleto, sino un reflejo del imperialismo estadounidense que prioriza los intereses agroindustriales del norte sobre la supervivencia de comunidades marginadas en el sur. La presidenta Claudia Sheinbaum, con su visión progresista y soberana, ha enfrentado con dignidad las amenazas de Donald Trump, demostrando que la verdadera diplomacia radica en la equidad y no en el chantaje arancelario.
Este tratado obliga a México a entregar 1.75 millones de acre-pies de agua del Río Bravo cada cinco años, mientras EUA aporta del Colorado. Pero el cambio climático ha exacerbado sequías en México, dejando déficits hídricos que afectan a millones en Chihuahua y Tamaulipas. En octubre de 2025, finalizó un ciclo con pendientes, y Trump, fiel a su estilo autoritario, amenazó con un arancel del 5% a importaciones mexicanas si no se «liberaban» 200 mil acre-pies inmediatamente, acusó a México de «robar agua» y contaminar ríos, ignorando que sus propias políticas antiambientales han agravado la crisis global.
Esta postura trumpista y neocolonialista usa el poder económico para someter a un vecino soberano, protegiendo a agricultures texanos –muchos ligados a corporaciones– mientras ignora el hambre y la sed en comunidades indígenas y campesinas mexicanas.
Frente a esto, Claudia Sheinbaum ha emergido como una líder de izquierda auténtica, heredera del legado transformador de López Obrador. En sus mañaneras, ha insistido en que México cumple «conforme a la disponibilidad» hídrica, priorizando el consumo humano sobre exportaciones forzadas, y es que ¿cómo entregar agua que no existe sin sacrificar a los más vulnerables?
Sheinbaum ha negociado con firmeza, logrando un acuerdo reciente que pausa la crisis, con entregas graduales a partir del 15 de diciembre y extensiones hasta enero 2026, sin afectar derechos básicos. Esta respuesta resalta su compromiso con la soberanía: invirtiendo en plantas de tratamiento y defendiendo que el tratado debe adaptarse al cambio climático, no usarse como arma.
El tratado de 1944 es obsoleto porque ignora realidades contemporáneas: el calentamiento global ha reducido caudales en un 20% desde entonces, afectando desproporcionadamente a naciones en desarrollo como México
Es necesario renegociar el tratado incluir cláusulas por sequías, priorizar derechos indígenas (como los yaquis en Sonora), fomentar cooperación en reforestación y tecnologías verdes, y rechazar amenazas económicas. Se trata de justicia hídrica: el agua como bien común, no mercancía.
Sheinbaum lo entiende: ha impulsado políticas hídricas internas que combaten la privatización y promueven la equidad, como en la CDMX. Trump, en cambio, representa el retroceso: su negacionismo climático y alianzas con Big Ag exacerban la desigualdad.
Esta disputa no es solo sobre agua; es sobre poder. Sheinbaum defiende la dignidad mexicana; Trump, el dominio yanqui. Una visión integral es imperativa para un tratado que sirva a la humanidad, no al capital. ¡Agua para el pueblo, no para el imperio!

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